Epílogo (y LXXXXVII)

Julio M. Rodríguez
Julio M. Rodríguez | ACTUALIZADO 02.08.2019 - 5:59 pm
JUAN PABLO DUARTE.SU VIDA Y SU OBRA
H emos presentado a los lectores de esta columna, en 96 artículos, la vida y obra del fundador de esta república, Juan Pablo Duarte.
Hicimos esto, porque como dijera Felix Maria Delmonte, en su panegírico en 1876:
“La juventud actual, no ha podido tener puntos de contacto con el hombre de abnegación y sacrificio, a quien la patria debe su existencia política y el puesto que ocupa, entre los países libres de América, ´porque no tuvo la ocasión de apreciar por si misma, la extensión de su talento y sus relevantes cualidades y porque solo ha podido aprender a juzgarle, a favor de los relatos de enconados enemigos y de émulos envidiosos, empeñados en presentarle como un hombre sin mérito alguno, como una verdadera momia.”.
Es necesario difundir la historia de Duarte y la fundación de este país, a favor de relatos de personas que traten de decir la verdad, que por tanto tiempo estuvo negada a sus ciudadanos. La labor de Duarte fue tan extraodinaria que el mismo Delmonte dijo que Duarte fue: “Cubierto con el ridículo, para cercenar su gloria y empequeñecer la obra gigantesca de haber realizado sin recursos en 1844, lo que en 1824, fue de todo imposible, a una generación mas opulenta y que rebosaba en elementos de toda especie”.
Delmonte sabía, que los opositores de Duarte, solo fueron capaces de derrotarlo, por la intervención del cónsul francés Saint Denys, al servicio de los intereses imperialistas de Francia en ese momento, de recuperar su control sobre esta isla y quien en el momento crítico de la lucha por el poder, entre Duarte y los separatistas, dirigidos por Bobadilla, plantó dos buques de guerra franceses en el puerto de Santo Domingo, el Euryale y el Styx y amenazó con retirarlos, marcharse y negarle toda ayuda a la nueva República Dominicana en su lucha contra los haitianos, si el Gral José Joaquín Puello presentaba oposición a la entrada de Santana a la ciudad, que estaba protegida por la muralla fortificada y Puello, con los soldados profesionales de los regimientos 31 y 32, dispuestos a defenderla.
Dejar entrar a Santana a la ciudad, fue la perdición de los Duartistas, la causa de su destierro y los horribles sucesos de agosto de 1844 a marzo de 1845, que produjeron una conmoción y un trauma psíquico tan fuerte entre los duartistas, que dos de las personas mas cercanas a Duarte, Juan Isidro Pérez y el hermano menor del patricio, Manuel, perdieron la cordura y quedaron dementes por el resto de sus días.
Duarte también sufrió un trauma psíquico fuerte, al ser llamado cínicamente, traidor a la patria que el había forjado, por el fusilamiento de María Trinidad Sanchez el 27 de febrero de 1845 y el mes siguiente, el exilio atropellante de sus familiares mas cercanos y aunque no perdió la cordura, por 12 años (enero 1848-julio 1860), decidió aislarse de todos, adentrándose en el interior de Venezuela, para que terminara el Duartismo, los dominicanos se unieran y el país progresara. Pero nada de eso ocurrió.
Los separatistas se dividieron en Santanistas y Baecistas y anexaron el país, a España, Santana, en 1861 y a Estados Unidos, Baez, en 1869.
Cuando Duarte regresó a incorporarse a la guerra de la restauración en marzo de 1864, se había deteriorado fisicamente por su ostracismo en la selva venezolana y además, la cantidad de mentiras, difundidas sobre su persona, como señalara Delmonte, le habían empequeñecido a los ojos de los jóvenes patriotas, que luchaban por restaurar el país que el había fundado y no pudo conectarse con ellos.. Al morir Mella, el 4 de junio de 1864, su contacto con la nueva generación, Duarte decidió irse a Venezuela, para no regresar.
Terminaremos este relato, referiendonos por última vez a Delmone, cuando dijo:
“A desprecio de unos y otros, el Gral Duarte crecerá con los tiempos, mejor dicho, se elevará a sus verdaderas proporciones de héroe tallado a la antigua y la posteridad, mas justa siempre con los grandes hombres (porque no le importuna su presencia), concederá a su memoria, el tributo de admiración y respeto, que con tanto tesón le negaron sus contemporáneos.”
H emos presentado a los lectores de esta columna, en 96 artículos, la vida y obra del fundador de esta república, Juan Pablo Duarte.
Hicimos esto, porque como dijera Felix Maria Delmonte, en su panegírico en 1876:
“La juventud actual, no ha podido tener puntos de contacto con el hombre de abnegación y sacrificio, a quien la patria debe su existencia política y el puesto que ocupa, entre los países libres de América, ´porque no tuvo la ocasión de apreciar por si misma, la extensión de su talento y sus relevantes cualidades y porque solo ha podido aprender a juzgarle, a favor de los relatos de enconados enemigos y de émulos envidiosos, empeñados en presentarle como un hombre sin mérito alguno, como una verdadera momia.”.
Es necesario difundir la historia de Duarte y la fundación de este país, a favor de relatos de personas que traten de decir la verdad, que por tanto tiempo estuvo negada a sus ciudadanos. La labor de Duarte fue tan extraodinaria que el mismo Delmonte dijo que Duarte fue: “Cubierto con el ridículo, para cercenar su gloria y empequeñecer la obra gigantesca de haber realizado sin recursos en 1844, lo que en 1824, fue de todo imposible, a una generación mas opulenta y que rebosaba en elementos de toda especie”.
Delmonte sabía, que los opositores de Duarte, solo fueron capaces de derrotarlo, por la intervención del cónsul francés Saint Denys, al servicio de los intereses imperialistas de Francia en ese momento, de recuperar su control sobre esta isla y quien en el momento crítico de la lucha por el poder, entre Duarte y los separatistas, dirigidos por Bobadilla, plantó dos buques de guerra franceses en el puerto de Santo Domingo, el Euryale y el Styx y amenazó con retirarlos, marcharse y negarle toda ayuda a la nueva República Dominicana en su lucha contra los haitianos, si el Gral José Joaquín Puello presentaba oposición a la entrada de Santana a la ciudad, que estaba protegida por la muralla fortificada y Puello, con los soldados profesionales de los regimientos 31 y 32, dispuestos a defenderla.
Dejar entrar a Santana a la ciudad, fue la perdición de los Duartistas, la causa de su destierro y los horribles sucesos de agosto de 1844 a marzo de 1845, que produjeron una conmoción y un trauma psíquico tan fuerte entre los duartistas, que dos de las personas mas cercanas a Duarte, Juan Isidro Pérez y el hermano menor del patricio, Manuel, perdieron la cordura y quedaron dementes por el resto de sus días.
Duarte también sufrió un trauma psíquico fuerte, al ser llamado cínicamente, traidor a la patria que el había forjado, por el fusilamiento de María Trinidad Sanchez el 27 de febrero de 1845 y el mes siguiente, el exilio atropellante de sus familiares mas cercanos y aunque no perdió la cordura, por 12 años (enero 1848-julio 1860), decidió aislarse de todos, adentrándose en el interior de Venezuela, para que terminara el Duartismo, los dominicanos se unieran y el país progresara. Pero nada de eso ocurrió.
Los separatistas se dividieron en Santanistas y Baecistas y anexaron el país, a España, Santana, en 1861 y a Estados Unidos, Baez, en 1869.
Cuando Duarte regresó a incorporarse a la guerra de la restauración en marzo de 1864, se había deteriorado fisicamente por su ostracismo en la selva venezolana y además, la cantidad de mentiras, difundidas sobre su persona, como señalara Delmonte, le habían empequeñecido a los ojos de los jóvenes patriotas, que luchaban por restaurar el país que el había fundado y no pudo conectarse con ellos.. Al morir Mella, el 4 de junio de 1864, su contacto con la nueva generación, Duarte decidió irse a Venezuela, para no regresar.
Terminaremos este relato, referiendonos por última vez a Delmone, cuando dijo:
“A desprecio de unos y otros, el Gral Duarte crecerá con los tiempos, mejor dicho, se elevará a sus verdaderas proporciones de héroe tallado a la antigua y la posteridad, mas justa siempre con los grandes hombres (porque no le importuna su presencia), concederá a su memoria, el tributo de admiración y respeto, que con tanto tesón le negaron sus contemporáneos.”
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